Intentaba pasar de puntillas por la vida para que nadie se fijara en él y, la mayoría de las veces, la estrategia daba resultado. Hasta que llegó ella y le obligó a salir de su confortable guarida de silencio. Desde la ventana de la cocina, y con un mínimo de malabarismo, podía verla sentada en una silla de su pequeña terraza, donde se pasaba horas y horas leyendo o contemplando la nada. Incluso cuando hacía frío, Claudia se sentaba fuera, cubierta de mantas, y él la veía jugar con el vaho que salía de su aliento.

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