Cenaron casi en silencio, le hubiera gustado seguir preguntando a su mujer detalles de cómo había pasado el día. De por qué no le había esperado por la mañana o de cómo se encontraba su madre y también su padre. Sin embargo, prefirió no agobiarla y lo dejó estar. Además, ella parecía estar ausente e incluso cuando le miraba daba la impresión de que sus ojos no eran capaces de quedarse fijos en ninguna parte. Durante la cena, Claudia se levantó tres veces. La primera fue para volver a la cocina y traer una botella de vino. Llenó su copa y la de él, a pesar de que no tenían costumbre de beber en casa. La segunda, apagó la luz de la lámpara de techo aunque él se quejase de que con la de la mesita no se veía bien. Y, por fin, cuando se levantó por tercera vez, lo hizo para cerrar las contraventanas. «Así entra menos ruido», se justificó ante la mirada atónita de Marcos. No es que la vida al lado de ella no hubiera estado a menudo llena de extravagancias o manías, pero esa noche superaba todo lo anterior.

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