Extracto de "Delirios de persecución"

Cuando sale del Parador dejando en la barra al hombre de la cazadora, ha empezado a llover otra vez. Encuentra muy poca gente en las calles y la falta de luz ha provocado que se hayan empezado a encender las farolas a pesar de que son solo las cinco de la tarde. Descubre una pequeña librería que debe de ser nueva, al menos para él, pegada a la casa de Leonor de la Vega, frente a la que siempre se detenía su mujer para admirar los herrajes de las puertas de acceso. No hay otros iguales, recuerda Marcos que ella decía cuando se paraban delante de la casa gótica de la madre del primer Marqués de Santillana. Entra en la tienda y curiosea entre los libros hasta que se decide a comprar uno que tiene pinta de ser entretenido y de no dar mucho que pensar. Le vendrá bien intentar meterse en la historia de la novela y dejar descansar la suya propia.
Esa misma noche comienza a leerlo pero a pesar de su mejor voluntad, cada dos párrafos tiene que volver atrás para encontrar sentido a lo que acaba de leer. Rendido, cierra los ojos aunque sabe que aún no podrá dormir. Por eso, ni se molesta en apagar la luz de la mesilla.

Extracto de "Delirios de persecución"

Pero por mucho que se castigue, lo sucedido aquella noche no podía haberle dado ninguna pista, piensa, todavía sentado en la silla de su habitación del hotel de Ruiloba, contemplando desde el ventanal el campanario de la Iglesia de la Asunción. Y, sin embargo, ahora, en la distancia, reconoce el desagradable olor que llenaba la habitación y que en aquel momento no supo distinguir. Esta noche lo percibe como si emanase de él.
Lo lleva dentro.
El olor del alcohol.
Qué fácil resulta darse cuenta de las cosas cuando ya han pasado y, sobre todo, cuando existen nuevos datos que en aquel momento se desconocían y que después se han ido revelando poco a poco. Lo cierto es que esa noche lo único que le aportó fue la sensación de que la bienvenida de su mujer cuando él llegaba del trabajo no era inmutable y definitiva. Que podría llegar un día en que no se produjera más. Y eso sí que le asustó. ¿Premonición?, se pregunta ahora, podría ser, aunque él no cree mucho en esas cosas.
Cenaron casi en silencio, le hubiera gustado seguir preguntando a su mujer detalles de cómo había pasado el día. De por qué no le había esperado por la mañana o de cómo se encontraba su madre y también su padre. Sin embargo, prefirió no agobiarla y lo dejó estar. Además, ella parecía estar ausente e incluso cuando le miraba daba la impresión de que sus ojos no eran capaces de quedarse fijos en ninguna parte. Durante la cena, Claudia se levantó tres veces. La primera fue para volver a la cocina y traer una botella de vino. Llenó su copa y la de él, a pesar de que no tenían costumbre de beber en casa. La segunda, apagó la luz de la lámpara de techo aunque él se quejase de que con la de la mesita no se veía bien. Y, por fin, cuando se levantó por tercera vez, lo hizo para cerrar las contraventanas. «Así entra menos ruido», se justificó ante la mirada atónita de Marcos. No es que la vida al lado de ella no hubiera estado a menudo llena de extravagancias o manías, pero esa noche superaba todo lo anterior.
Intentaba pasar de puntillas por la vida para que nadie se fijara en él y, la mayoría de las veces, la estrategia daba resultado. Hasta que llegó ella y le obligó a salir de su confortable guarida de silencio. Desde la ventana de la cocina, y con un mínimo de malabarismo, podía verla sentada en una silla de su pequeña terraza, donde se pasaba horas y horas leyendo o contemplando la nada. Incluso cuando hacía frío, Claudia se sentaba fuera, cubierta de mantas, y él la veía jugar con el vaho que salía de su aliento.

Extracto de "Delirios de persecución"

(...) Debía de ser verdad el dicho de que los niños vienen con un pan debajo del brazo porque a los tres meses de su nacimiento a Marcos le ascendieron con el correspondiente aumento de sueldo.
Ese verano, decidieron no salir de vacaciones. Marcos era partidario de pasar unos días en Cantabria como siempre, pero Claudia se agobiaba al pensar en todo lo que había que llevar y, sobre todo, acabó por confesar que le daba miedo que el niño se pusiera enfermo sin tener a su médico cerca. Se quedaron en casa y aprovecharon para disfrutar juntos del niño que ya tenía casi cinco meses. A Claudia no le gustaba mucho salir, pero hacía tanto calor que la mayor parte del tiempo los ventiladores, más que fresco, daban risa, y a Marcos no le costaba demasiado convencerla para que dieran un paseo a última hora de la tarde y se sentaran en alguna terracita cerca de casa. También se veían con los padres de Marcos y, aunque Carmen se ofreció para quedarse alguna noche a cuidar al niño mientras ellos salían a cenar, Claudia puso siempre excusas para no separarse de él.